El legendario View Master y el platillo volador

Autor: Vladimir Villarreal

Cuando niño tuve un visor de diapositivas, muchos lo conocen, ya que fue un objeto muy famoso: el legendario View Master. Pero a diferencia de muchas personas que en esa época fueron hipnotizadas por el poder del aparatejo ese para ser obligadas de manera involuntaria a jalar de la palanca, cual máquina traga monedas, sin más consciencia que la de ver qué más les mostraba el disco de (limitadas) catorce fotos, y que se hicieron viciosos de comprar discos de fotografías para su moderno aparato; mi papá solo llegó a la reducida colección de "un" disco, mismo que venía de regalo en el aparato.

Aun así di miles de vueltas a ese disco, por esos días me aprendí las fotografías de memoria y, aunque todas eran cautivadoras, hubo una en especial que llamó mi atención más que todas, misma que ahora es la única que recuerdo de entre las catorce, no solo por ser una bella foto, ya que todas presumían ser tomadas por estupendos fotógrafos, sino por futurista, por extraña y sobre todo por enigmática. Se trataba de la fotografía de un platillo volador.

Tal como suena ésto, un platillo volador fotografiado de muy cerca a mediados de la década de los ochenta, no una imagen inexplicable pero a la vez dudosa presentada por Jaime Maussan, sino un platillo volador que eligió a Argentina para aterrizar, porque al menos eso alcanzaba yo a leer al pie de la foto: "Museo Planetario Galileo Galilei, Buenos Aires, Argentina".

Para un niño que con dificultad logra leer la frase al pie de cada fotografía, que se trate de un museo es casi una bofetada, es como si te mostraran la imagen de un elefante y te dijesen que es un caballo. Y aunque estaba familiarizado con entrar a un museo que tenía forma de sombrero, el Museo Planetario Alfa, que era de los pocos lugares turísticos dentro de la mancha urbana de Monterrey en esa década, cualquier niño esperaría que al menos esa leyenda dijera: "Platillo Volador Galileo Galilei, Buenos Aires, Argentina".

Por más fama que haya cobrado el View Master, los años mandaron ese aparato al cesto de los juguetes olvidados, hombro a hombro con los Playmobil vaqueros, piratas y policías, y de los cuerpos descabezados de Han Solo y C3-PO.

Años después yo era otro, mis gustos iban más allá de esos juguetes olvidados. La cerveza, el rock'n roll, los videos musicales, los libros y las chicas ocupaban ese lugar principal en mi itinerario diario. En mil novecientos noventa y cinco yo tenía dieciocho años, ya podía entrar en bares con todas las de la ley y olvidarme de una vez por todas de las cervezas prohibidas.

MTV era un canal que complementaba esa pasión por el rock y la cerveza, los video bares supieron sacar provecho de esa intrínseca relación y en las noches de fin de semana te vendían la cerveza mientras disfrutabas de los mismos videos que habías visto ya durante la tarde.

Un día de aquellos vi en la televisión el nuevo video de una de mis bandas favoritas de la juventud, se trataba de la canción "Zoom" de Soda Stereo, mismo video que, como un DeLorean, me regresó en el tiempo a los días de ese disco de catorce fotografías, al ver a una multitud besándose en un jardín, y de fondo tenían el mismo platillo volador que innumeradas ocasiones visité desde un aparato futurista de hacía más de una década.

Al final de la canción, ese platillo volador me regalaba la confirmación de su existencia, lo que por años esperé ver en mi visor de diapositivas: El Museo Planetario Galileo Galilei se desprendía del suelo y se levantaba por los aires para dejar este planeta, ante la indiferencia de una multitud que seguía besándose en el césped.

Acudí corriendo a la lavandería en busca del cesto de los juguetes olvidados que había sido ignorado por varios años, fui a escarbar con mis manos entre decenas de recuerdos, ahí yacía intacto al fondo de aquel contenedor el legendario View Master, pero algo le faltaba, al igual que nunca encontré las cabezas de Han Solo y de C3-PO, nunca supe el paradero del disco de fotografías que buscaba con anhelo para poder comparar mi platillo volador con el del video musical, por miedo a que mi memoria me estuviese traicionando y no se tratara del mismo.

No podía tratarse de otro platillo volador, y aunque nunca encontré ese disco de cartón con diminutas fotografías del tamaño de un negativo de rollo de 110 mm, tampoco sentí un mal sabor de boca al saber que más temprano que tarde, esa nave de mis recuerdos de infancia por fin despegó y también por fin yo podía descansar de la imagen del Planetario Galileo Galilei inerte en el suelo, causando ese horrible escozor en mi cerebro, como una roncha que por más que rascas no deja de picar.

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