La Buena Suerte (Cuento)

Cuando provienes de una familia en la que todos se creen muy chingones y tú eres el único que padece de TDAH, estás condenado a que toda la familia, incluso el más pendejo, te etiquete como el tonto de la familia.
    Hace años, antes de que tuviera un diagnóstico confirmado, el primero que notó mi problema de distracción fue mi abuelo, se me quedaba mirando, el muy... vamos a decir «observador», por no decir metiche. Decía, «Oye, Lupe, como que ese chamaco, Vladito, te salió medio pendejo. ¿No crees?», y mi papá contestaba —porque Lupe era mi papá, no mi mamá—, «¿Medio...?, Pendejo y medio, papá. Pero dale chance, ya crecerá». Como si creciendo se me fuera a quitar lo distraído, para ellos, lo pendejo, que cualquiera de las dos, son de esas cosas que regularmente se acentúan con el tiempo.
    Mi abuelo creía que mi conducta retraída era de mala suerte, «Lo pendejo de ese chamaco nos trae el mal agüero a la familia», pensaba. ¿Mal agüero? Ya ven como era la gente de antes, con sus creencias retrógradas. Si te tragabas el chicle, se te iban a pegar las tripas; si veía cagar un perro, te saldría una perrilla en el ojo, etcétera. Mi abuelo tenía sus creencias muy propias: si veía que pisabas un clavo, en chinga te quitaba el zapato, se sacaba el pito y te miaba el pie, justo en la herida, y eso no para curarte, sino que todo era cuestión de buena o mala suerte, solamente. Él creía, fervientemente, que pisar caca con el pie izquierdo le daba buena suerte, ya se imaginarán el olor habitual de su zapato izquierdo. Desde luego, mi abuela ya no sabía ni qué pensar, una vez que le llegaba el tufo a caca —tenía un olfato muy bien desarrollado, basta con decir que ella me heredó esta belleza de nariz aguileña que tengo— y le gritaba al abuelo, «¿Ya te cagaste otra vez, Jesús?». Pregunta válida porque el pobre de mi abuelo ya estaba en la edad en la que la mitad de los pedos le salían con premio. Por eso mi abuela, confundida, no sabía si a mi abuelo se le había escapado otro pedo con caca o si ya debía venir con el trapeador a limpiar mierda de perro de la «buena suerte».
    Recuerdo que en el cumpleaños número setenta y cinco del abuelo, mi papá lo sorprendió regalándole unos tenis Nike, de esos que son especiales para correr, color blanco en su totalidad, de esos que la suela tiene grabada chingos de cuadritos, y para complementar el atuendo, también le obsequió un conjunto Adidas color rojo, con tres líneas blancas que iban desde los hombros hasta los puños, y otras tres líneas blancas a lo largo de las piernas, era la última moda en ropa deportiva. «Mira, papá, los tenis se te van a ver chingones con este pants», le gritaba emocionado mi papá al abuelo, a sabiendas de que ya había que elevar la voz para que escuchara.
    Ya se imaginarán el look del abuelo el día que estrenó sus tenis y sus «pants», lucía feliz el cabrón: soñado. Se miraba en el espejo de cuerpo entero que mi abuela tenía pegado a una puerta, hasta aventó a la cama el maniquí de poliestireno con todo y sus cientos de alfileres clavados, para que no le estorbe y poder apreciar su apariencia deportiva. Iba risueño el peloncito, caminando al rededor del parque, ya saben, como esos señores que no pueden caminar sin ir lanzando chingadazos de boxeador al aire, como una manera de que la gente notara que estaba haciendo ejercicio. Y ahí iba también don Toribio, un vecino de su edad que también salía a caminar al parque, con quien mi abuelo se juntaba a jugar damas inglesas y con quien discutía los diseños de sus inventos, como aquel legendario cono de lámina de aluminio con el que, aunado a un largo palo de extensión, pretendía piscar los aguacates de las ramas más altas del árbol.
    «¡Quihubo, Jesús, qué buenos zapatos traes!». «¡Quihubo, Toribio! Me los regaló Lupe, son para hacer ejercicio». Siguieron los dos caminando, tirando chingadazos de boxeo a cada paso que daban, que aunque el hábito no hace al monje, los chingadazos de mi abuelo lucían más convincentes por el traje deportivo que llevaba. A lo lejos, mi abuelo vio que un perrito Chihuahua se acomodó en posición de cagar, esa posición rara que hacen los perros cuando van a cagar, esa que ya en otras ocasiones he tratado de explicar con mímica pero que no me sale, no sé qué tipo de ritual tengan los perros cuando cagan, pero a mí en lo personal me funciona más sacar el teléfono celular, abrir la App del sudoku y jugar una partida. En nivel fácil, claro. Una vez lo puse en difícil y se me fue la tarde cagando, me tomó tres días descifrar las dos manchas rojas que tenía en las rodillas, hasta que comprendí que eran las marcas que dejaron mis codos por la posición en la que sostenía el teléfono.
    Volviendo a lo del perrito chihuahueño, de manera insólita el pequeño canino dejó caer en la banqueta un cagadón del tamaño del que se aventaría un Grand Danés o un Mastín Español. Al verlo, a mi abuelo le brillaron los ojitos, tenía ante él un cagadón de esos que no podía pasar por alto, tan así sentía que tenía que aprovecharlo, que se encarreró hacia el mojón y aceleró más el paso. Y ahí viene Toribio también, echo madres. Lo ve mi abuelo y aprieta más el paso. Algo así como Raúl González y Ernesto Canto disputándose la medalla de oro en Los Ángeles 1984.
    Cuando por fin llegó mi abuelo primero hasta donde se encontraba el enorme pastel de excremento, metió el tenis y lo aplastó con gran fuerza, justo como debe ser, con el pie izquierdo, le movió y le removió, le meneó el pie encima, todo sea por la buena suerte. Mientras, Toribio logró rebasarlo, sin despegar la mirada del acto de mi abuelo, sorprendido. No era necesario saber hablar inglés para poder interpretar su gesto de «¡WTF!». Mi abuelo no despegaba la vista del suelo, orgulloso de su trofeo de buena suerte.
    Mala suerte la de mi abuela, al día siguiente, ahí estaba sentada en su mecedora, limpiando con un palito la suela del tenis izquierdo, con esa calma que sólo las abuelas de antes podían tener, con la misma paciencia con la que tejían los mantelitos blancos de nylon horribles que ponían sobre el televisor, ahí estaba con el palito, limpiando cada pinche resquicio de la suela de los tenis Nike que le regaló mi papá, blancos, blancos, blancos los pinches tenis, todos embarrados de caca, «pinche Lupe», lloraba la viejita, «le hubieras regalado unas botas, culero, ya hubiera terminado de quitarles toda la mierda».

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Autor: Vladimir Villarreal
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Comentarios

  1. ¡Ah que el abuelo! Un relato ligero y divertido 😂😂

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  2. Jajaja está genial, Vlad. Felicidades!

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  3. Me encantó... me imagino toda la escena tan espontánea.

    ¡Muchas felicidades!

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